Quien Mata La Naturaleza
¿Qué es la modificación genética en plantas y animales?
Muchos se preguntarán en que consiste la manipulación
genética. La ingeniería genética forma de también llamarlo- es la capacidad de añadir un
nuevo ADN o modificar uno ya existente en un organismo.
De esta forma, se consigue tener nuevas características en
la especie que naturalmente no existen. Probablemente el caso más conocido sean
los alimentos transgénicos, pero existen muchas más opciones.
¿Qué es el ADN?
El ADN -ácido desoxirribonucleico- es una molécula que
se encuentra en el núcleo de cada célula de un organismo -animal o vegetal- y que está
compuesta por cuatro subunidades -se representan como A, T, C y G-, que según
cómo estén dispuestas, se genera un código de información en la célula.
Cada segmento pequeño del ADN se llama gen, el encargado de
dar las instrucciones pertinentes para generar proteínas. Los organismos suelen
tener miles de genes, y el conjunto de ellos es el llamado genoma.
¿Por qué son importantes las proteínas?
Las proteínas trabajan para las células, sirven como
estructuras, enzimas o regulan las reacciones de la célula.
La ingeniería genética
La ingeniería genética es la manipulación controlada y
deliberada de los genes de un organismo para lograr que este sea mejor de alguna manera
en particular.
La ingeniería genética funciona mediante la eliminación
física de un gen en un organismo y la colocación de este en otro ente, de forma que
exprese el rasgo codificado por ese gen; así como también la modificación de
los genes ya existentes.
En algunos casos, el gen puede ser modificado para adaptarse
mejor. El nuevo gen se llama transgen, y el nuevo elemento creado es un
transgénico. Luego se utiliza la reproducción tradicional para mejorar las
características del producto final.
El objetivo de la manipulación genética es adaptar la planta
o animal para una aplicación determinada. Por ejemplo, hacer los animales más
resistentes a determinadas enfermedades o determinadas frutas -como las
naranjas y mandarinas- sin semillas. A diferencia del mejoramiento tradicional,
en el que la cruza de dos especies cuenta con características positivas y
negativas, el organismo transgénico solo tiene las positivas.
Actualmente, la ingeniería genética se ha dado sobre todo en
el ámbito de la agricultura. Los defensores de la manipulación genética
dicen que esto permite producir gran cantidad de alimentos a bajo coste, con el fin
de reducir el hambre mundial.
Pero también tiene peligros potenciales, como la creación de
nuevos alérgenos y toxinas, nuevas malas hierbas y plantas nocivas, el daño a
la vida silvestre y la creación de lugares favorables al crecimiento del moho y
los hongos.
Lógicamente, el debate más grande es el de la ingeniería
genética humana y la creación de armas biológicas a través de la manipulación
genética.
La revolución genética
Durante la primera mitad del siglo XX se afirmaba que, en
comparación con el intenso desarrollo experimentado por la física y la química,
la biología era la cenicienta de las ciencias. Una de las disciplinas de la
biología como la genética solo podía ofrecer a la industria y la sociedad las
leyes de la herencia que Mendel había descubierto en torno a 1900.
Pero este panorama cambia radicalmente en los años 50 con el
descubrimiento de la estructura del ADN (ácido desoxirribonucleico) y de los
cuatro nucleótidos que lo forman, simbolizados por las letras A (adenina), G
(guanina), C (citosina), y T (timina). En 1961 el científico norteamericano
Marschall W. Nirenberg descifra la primera parte del código genético: tres
bases de los nucleótidos que componen la doble hélice del ADN -los llamados
tripletes- forman una unidad de información. Partiendo del mecionado esquema de
4 letras aparecen 64 posibilidades de combinación, y se descubre que las
proteínas, sustancias fundamentales para todos los organismos vivos, están
compuestos por solo veinte aminoácidos diferentes. El ADN de la célula
continene la clave del desarrollo del ser vivo: los genes llevan en los
tripletes los planes en clave para construir proteínas.
En 1965 el biólogo norteamericano R. W. Holley «leyó» por
primera vez la información total de un gen de la levadura compuesta por 77
bases, lo que le valió el Premio Nobel. En 1970 otro científico estadounidense,
Har Gobind Khorana, consiguió reconstruir en el laboratorio -después de diez
años de intenso trabajo- todo un gen; el mismo biólogo sintetizaba en 1976 una
molécula de ácido nucleico compuesta por 206 bases. También Khorana recibió el
premio Nobel.
Partiendo de que la escritura de las cuatro letras tiene
validez universal en todos los seres vivos, sean bacterias, virus, levaduras,
plantas, animales o seres humanos, a los biólogos de los años setenta se les
presentaba la gigantesca tarea de ir descifrando las secuencias de ADN de los
múltiples seres vivos. En la actualidad la lectura de genomas (conjunto de
genes de un ser vivo) avanza con cierta rapidez gracias a las computadoras
especializadas para estas tareas; las de la última generación son capaces de
leer al día unas 300.000 bases. En otras palabras, lo que Khorana y veinte
colaboradores consiguieron en diez años, lo lleva a cabo hoy una computadora
especializada solo en doce horas. Este avance ha abierto la posibilidad de leer
el complejo genoma humano, al que se calculan unos tres mil millones de pares
de bases; hasta la fecha existe información genética en torno a 3.000 genes
humanos.
La manipulación genética
Paralelamente al desciframiento del código genético
universal, los biólogos y los químicos empezaron en los años sesenta a
manipular la información hereditaria con determinados propósitos conforme
aumentaban sus conocimientos.
Con objeto de desconectar los mecanismos naturales con los
que cada célula protege a su ADN, los científicos recurrieron a determinados virus
y bacterias capaces de eludir estos mecanismos de seguridad e inyectar su
propio ADN en la célula que infectan. Estos microorganismos son llamados
«tijeras» genéticas, ya que cortan la doble hélice del ADN por un punto
determinado, pudiéndose utilizar como vehículos de transmisión de un nuevo gen
que previamente les ha sido implantado. Otra variante es emplear un enzima para
cortar la cadena del ADN y con otro tipo de enzima volver a pegar la secuencia
después de haber introducido el gen deseado.
Esta manipulación del material genético, que se conoce como
técnica de recombinación del ADN, fue utilizada por primera vez en 1973 por
Stanley Cohen, de la Universidad californiana de Stanford. Por medio de una
sección de ADN en forma de anillo llamado plásmido, Cohen introdujo una
partícula del ADN de la bacteria Estafilococcus aureus en el ADN de la bacteria
Escherichia coli (que se asienta también en la flora intestinal humana). La
partícula de ADN ajena se insertó en la sustancia genética de la Escherichia coli,
siendo más tarde transmitida a su descendencia como si formase parte de su
propio ADN.
En artículos científicos posteriores, Stanley Cohen ha
aludido a la importancia histórica de aquel año, en el que por primera vez
-dice textualmente- «en los millones de años de vida sobre el planeta, se han
eliminado exteriormente los límites celulares que separan a una especie de
otra».
La manipulación en el mundo vegetal
La introducción de determinados genes en los genomas
vegetales fue realizada por primera vez en Europa en 1974, en la Universidad
belga de Gante, por un equipo de científicos bajo la dirección del biólogo
Joseph Schell. Para ello se usó la bacteria Agrobacterium tumefaciens, que
habita en la tierra y suele penetrar en los vegetales a través de hendiduras, y
producir protuberancias tumorales. La bacteria introduce parte de su propio ADN
en el genoma de la planta infectada mediante un anillo de ADN propio, definido
como plásmido-ti, obligando a su anfitrión a seguir la nueva información
genética. Así la célula esclavizada empieza a producir alimento para la
bacteria, al tiempo que crece y se convierte en una masa tumoral. Los
científicos belgas adoptaron a la mencionada bacteria como vehículo ideal para
su experimento; eliminaron regiones virulentas del plásmido y pegaron en él
nuevos genes elegidos, con lo que insertaron estos genes en el ADN de la planta
y de éste pasaron a su descendencia. Se experimentó con la planta del tabaco, a
la que incorporaron genes procedentes de un conejo. La planta transmitió este
gen a otras plantas de tabaco aunque el gen permaneció inactivo, o, en lenguaje
científico: «no se expresó».
Además de la transferencia de genes, un segundo problema de
la transformación genética es la activación de los genes, lo que técnicamente
se conoce como «expresión». Schell y su colega Montagu consiguieron en 1983 que
los genes transferidos se activasen en otras generaciones. Para esto los
mencionados científicos construyeron químicamente los llamados «conectadores» o
«promotores», sustancias que se inyectan en la planta antes de realizar la
transferencia y que actúan en el genoma del vegetal.
El plásmido-ti solo actúa en los vegetales de la clase de
las dicotiledóneas, como el tabaco, el tomate y la patata; en cambio es
ineficaz en las plantas monocotiledóneas, como las gramíneas, por lo que hasta
hace poco no parecía haber posibilidades de transformar genéticamente a los
cereales. Pero en la actualidad esto ha cambiado: en 1987 tres institutos
diferentes consiguieron insertar con éxito ADN ajeno en los protoplasmas del
arroz, trigo y maíz.
La investigación
en el sector agrícola parece haberse disparado. A finales de 1985, diversos
científicos de la multinacional química estadounidense Monsanto informaban a la
prensa que habían conseguido insertar un gen en el tabaco y la petunia, a
través del cual éstos mostraban una resistencia total al herbicida Glifosato
(comercializado bajo el nombre de «Roundup»), elaborado por la misma firma. A
principios de 1987 la empresa belga «Plant Genetic Systems» anunciaba asimismo
que había hecho resistentes las plantas del tabaco, las patatas y el tomate al
poderoso herbicida de la firma Hoechst a base de fosfinotricina y
comercializado como «Basta».
Según los científicos implicados en la investigación
genética agrícola, prácticamente todos los cultivos pueden ser transformados de
este modo, y es muy probable que antes de que acabe la década existan cultivos
gigantes y plantas cuyas hojas serán venenosas para los insectos que las
ataquen. Se habla ya de la posibilidad de diseñar el tipo de planta que se
desee en computador y luego, mediante las técnicas combinadas de cultivo de
tejidos en laboratorio y la transformación genética, hacerla realidad en pocas
semanas.
Los intereses de las grandes empresas
Muchos de los científicos que impulsaron la revolución en
genética han abandonado la Universidad y han fundado sus propias empresas. Tal
es el caso del estadounidense Herbert Boyer, que fundó en 1980 la empresa
Genetech, dedicada exclusivamente a ingeniería genética, mientras que otros de
sus colegas dirigen hoy los departamentos de investigación de ingeniería
genética de las grandes multinacionales fármaco-químicas. Por otra parte, la
mayoría de los centros internacionales de investigación en este sector se
hallan fuertemente financiados por dichos consorcios económicos. Por ejemplo en
Alemania Federal la mayoría de los centros de investigación cuentan con una
gran ayuda económica de las multinacionales Merck, Bayer, Hoechst, Schering y
Basf.
Autores como Pat Mooney y Henk Hobberlink han señalado
que una gran parte del mercado mundial agro-químico, que incluye semillas,
fertilizantes, herramientas y plaguicidas, se halla en manos de una docena de
empresas. Los grandes intereses de estos consorcios de la agricultura intensiva
explican el hecho de que la mayoría de los experimentos actuales en ingeniería
genética se encaminan a inmunizar a los cultivos de la acción tóxica de los
plaguicidas y en particular de los herbicidas, cuya aplicación se realiza con
muchas restricciones ya que aparte de su acción letal contra las malas hierbas
el propio cultivo se resiente de su impacto. Datos actuales señalan que
empresas como Dupont, Ciba Geigy, Monsanto, Eli Lilly, Dow Chemical, American
Cyanamid, Nestlé, Bayer, Hoechst y Shell, es decir la flor y nata de las
multinacionales agro-químicas y fármaco-químicas, están invirtiendo millones de
dólares en programas de investigación de tecnología genética. Con la ingeniería
genética se intenta pues que los herbicidas que ellas mismas fabrican puedan
aplicarse a destajo en la agricultura. La firma Monsanto, que ha invertido
grandes sumas de dinero en la investigación genética, espera obtener un aumento
en las ventas de su herbicida Roundup por encima de los 500 millones de
dólares. Ciba Geigy espera también obtener pingües beneficios cuando se
comercialicen cultivos de soja inmunes a su herbicida Atrazina.
En la CEE, el programa Eureka ya preveía una fuerte
inversión en la ingeniería genética. En la actualidad existen dos programas
dedicados a la investigación biogenética: el BEP y el BAP, y en ellos se han
invertido 80 millones de Euros (10.700 millones de pesetas).
Otra vertiente de la interrelación entre tecnología genética
e interés económico la tenemos en la rapidez con que se han eliminado ciertos
obstáculos jurídicos que dificultaban la expansión de esta tecnología. Ya en
1980, el Tribunal Supremo estadounidense decidió que los microorganismos
modificados por la ingeniería genética podían ser objeto de patentes y
propiedad. De esta forma, por primera vez en la historia del Derecho, se abría
legalmente la posibilidad de ser propietario no de individuos, sino de especies
o formas de vida.
En resumen, pocas veces, como en el caso de la interrelación
entre ingeniería genética y empresas farmaco-químicas y agro-químicas, puede
hablarse más claramente no solo de intereses creados, sino aludiendo a la frase
del filósofo Habermas, de imbricación entre conocimiento intelectual e interés
económico, puesto que son prioritariamente determinadas élites de poder quienes
dictan y deciden por dónde debe de transcurrir la investigación y la aplicación
práctica de tales técnicas.
La posición oficial ante los riesgos
Con la ingeniería genética ha ocurrido igual que como hace
algunos decenios con la energía atómica: sus primeros críticos han sido
científicos de buena voluntad, que tras la creación de dichas técnicas han
comprendido el potencial de poder que ponían en manos de la industria y el
consiguiente riesgo para la naturaleza.
En 1974, un grupo de científicos entre los que se encontraba
precisamente Stanley Cohen, se dirigieron a la opinión pública y a los medios
de comunicación para informar de los posibles riesgos que comportaba la
aplicación fuera del laboratorio de la ingeniería genética. En la localidad
californiana de Asilomar se reunieron unos 75 científicos independientes
pertenecientes a 16 países, con objeto de elaborar unas normas de seguridad
globales en cuanto a las nuevas técnicas.
Estas normas, aunque no eran vinculantes sino solo
orientativas, han sido respetadas globalmente por universidades y laboratorios
privados; sin embargo, en los últimos dos años y coincidiendo con la
aceleración de descubrimientos genéticos, estos consejos orientativos van
dejando de ser apoyados por los gobiernos e instituciones, argumentando que en
la reunión de Asilomar se sobrevaloraron sus riesgos potenciales para la
sociedad.
En la Comunidad Europea, el tema de los riesgos de la
ingeniería genética se discute en la CUBE, organismo con sede en Bruselas que
tiene por objeto coordinar todos los complejos jurídicos, comerciales y de
seguridad que conciernan a la mencionada tecnología. Algunos documentos
europeos sobre el tema de los posibles riesgos, como el editado por el
Ministerio de Ciencia e Investigación de Alemania Federal son
esclarecedores para conocer cómo valora este tema la burocracia europea. En
este documento se admite oficialmente que la manipulación de microorganismos
con fines genéticos comporta para la sociedad un riesgo posible; sin embargo
-se afirma en el escrito-, teniendo en cuenta los sistemas de seguridad creados
y las ventajas sociales y económicas, este riesgo residual es
moralmente aceptable.
La posición crítica
En este primer artículo nos limitaremos a analizar los
riesgos de la tecnología genética en relación con el sector agrícola y
alimentación. Desde esta perspectiva existen tres grandes grupos de riesgo:
RIESGO ECOLÓGICO-AMBIENTAL
Suele argüirse en favor de la inocuidad ambiental de las
técnicas de recombinación genética que ésta no se diferencia gran cosa de las
técnicas anteriores de selección hereditaria; que lo único que cambia es que se
acelera el proceso, es decir, si para obtener por cruzamiento una especie
alterada antes se necesitaban diez años, ahora esto puede conseguirse en
semanas.
Pero en realidad, tanto el cultivo de tejidos como las
técnicas de recombinación genética representan una ruptura cualitativa
con los métodos mendelianos tradicionales de cruzamiento, que se acomodan sin
violencia a las vías que la misma naturaleza ofrece para la alteración genética
de las especies. Los métodos de recombinación genética manipulan súbitamente el
genoma de la planta desde fuera de ella, violentándose los mecanismos
de seguridad que la naturaleza ha puesto en torno al ADN de las células. En
segundo lugar, muy a diferencia de las técnicas mendelianas, la manipulación se
da en el laboratorio y no en la naturaleza, sin obtener -por así decirlo- el
consenso de ésta.
Recordemos que las especies vivas sobre nuestro planeta son
el resultado de una lenta evolución e interacción entre sí y con un cúmulo de
factores ambientales. En la naturaleza cualquier cambio individual se realiza
en relación con el todo y en una constante red de retroalimentación entre el
medio y el sujeto. Por el contrario, con la nueva tecnología, aparecen
súbitamente en nuestros campos organismos que no responden al fin solidario de
estas redes, sino a intereses egoístas de ciertos individuos de una sola
especie. En otras palabras: nadie sabe a ciencia cierta qué puede suceder en la
naturaleza cuando microorganismos y plantas diseñadas genéticamente en
laboratorio se multipliquen; cualquier sorpresa es posible, incluso que se
superen las fantasías del cine de terror.
Quizá sea interesante recordar el impacto ambiental negativo
que ha tenido la introducción de especies vegetales extrañas en un ecosistema
determinado. Tenemos el caso de la Mimosa pigra, una especie americana que
introducida por casualidad en el sur de Asia, se extiende desde hace 35 años
implacablemente por Tailandia y el norte de Australia, provocando serios
deterioros en los canales de regadío agrícola. O el arbusto oriundo de Estados
Unidos Prunus serotina, que se introdujo en el norte de Alemania y en Holanda
con la intención de mejorar la tierra. Si bien el fin deseado por los
ingenieros agrónomos se consiguió, por otro lado el arbusto se extendió muy
rápidamente y se acabó eliminando a una parte considerable de la vegetación autóctona
del sotobosque. Pero estos ejemplos son quizá triviales ante los efectos
devastadores que puede tener una nueva especie deformada genéticamente por el
hombre y liberada ingenuamente en la naturaleza.
También hay que mencionar los riesgos de los primeros
experimentos con organismos modificados con las nuevas técnicas al aire libre
en Estados Unidos; país en el que junto con Dinamarca existe cierta permisión
para «soltar» microorganismos recombinados genéticamente. Sabido es que las
heladas en la agricultura, fuente de numerosas pérdidas, se hallan relacionadas
con la existencia de la bacteria Pseudomonas syringae, la cual es la
responsable de la cristalización del rocío matinal en cuanto la temperatura
desciende por debajo de cero grados. En abril de 1987 se aplicó por primera vez
en un cultivo del norte de California una bacteria de éstas recombinada
genéticamente: la Ice-Minus (P. Syringae) a la que se la ha amputado la
capacidad para cristalizar. Científicos y agricultores tienen la esperanza de que
ésta elimine a la bacteria original y las heladas no se produzcan. Pero
diversos científicos estadounidenses, entre ellos el prestigioso climatólogo
californiano Doctor Russell Schnell, temen que si la Ice-Minus se impone, las
desventajas económicas para los agricultores sean mayores que las ventajas,
pues P. Syringae también tiene una importante función en el proceso de
formación de las lluvias, y las nubes absorben estas bacterias de la misma
región por donde se desplazan. La falta de esta clase de bacterias podría pues
afectar la formación de lluvia y desencadenar sequías localizadas.
RIESGOS HIGIÉNICO-ALIMENTICIOS
Debido a la difusión de la agricultura intensiva, basada en
el empleo masivo de fertilizantes químicos y plaguicidas, sabemos que los alimentos
vegetales que consumimos poseen grandes déficits en sales minerales y
oligoelementos, y que las deficientes cualidades organolépticas de estos
productos (es decir su escaso sabor y su amorfa textura) denotan una
considerable baja de nuestra calidad de vida. Lo más grave sin embargo es el
desconocido impacto a largo plazo que los residuos de los plaguicidas puedan
dejar sobre nuestro organismo. Existen numerosos estudios actualizados que
relacionan plaguicidas con enfermedades humanas.
La irrupción de especies vegetales conseguidas a través de
cultivos de tejidos y recombinación genética, supondría una aceleración hacia
la agricultura intensiva y un descenso más agudo de la calidad de vida, así
como una mayor amenaza para nuestra salud. El futuro del campo estaría ya
totalmente en manos de las mutinacionales agroquímicas, que emplearían la
recombinación genética para mantener a toda costa un modelo de agricultura en
crisis, a base de ir transgrediendo aún más los ritmos de la naturaleza y
atando aún más corto al agricultor, que dependería de ellas absolutamente para
todo.
Por añadidura, los vegetales creados en laboratorios por
manipulación genética es muy probable que sean menos resistentes que los
actuales y que necesiten muchos más tratamientos y fertilizantes, con lo que la
dependencia hacia los agro-químicos puede alcanzar cotas impensables.
RIESGOS SOCIO-ECONÓMICOS
La pregunta clave cxon relación al beneficio de éstas
técnicas es quién las controla y quiénes serían sus beneficiarios en el
contexto mundial.
Por lo que concierne a la Comunidad Económica Europea, independientemente
de su impacto ambiental y su influencia negativa en la calidad de vida, es
obvio que una aceleración de la agricultura intensiva beneficiará
prioritariamente a las concentraciones de capital agrario, es decir a las
grandes explotaciones en detrimento de los campesinos independientes. En cuanto
al impacto de esta tecnología en la relación entre Occidente y Tercer Mundo,
todo parece indicar que siendo los países industrializados quienes detectarán
todas esas técnicas y sus patentes, los países tercermundistas continuarán
dependiendo de ellos.
Aparte de que en determinadas zonas esta tecnología pueda
aportar puntos aparentemente positivos en la producción, es indudable que
Occidente controlará el mercado desde la semilla hasta el cosechador, pasando
por todos los productos químicos, e incluso dictará qué nuevas especies
vegetales deben explotarse.
Tampoco existen razones para creer, tras el fracaso de la
Revolución Verde, que las técnicas de recombinación genética vayan a terminar
con el hambre en el Tercer Mundo; la historia de los últimos decenios nos ha
demostrado que el hambre de los países subdesarrollados no puede eliminarse con
semejante solución técnica, sino que es una cuestión política y social al
mismo tiempo, y que la continuidad de la pobreza de estos países se halla
estrechamente relacionada con el consumo y despilfarro de los nuestros.
La agricultura ecológica y su selección genética como
alternativa
En la situación dde crisis que se halla la agricultura
convencional, el camino correcto para superarla no es negarse a reflexionar
sobre las causas profundas que subyacen en dicha crisis, ni tratar de huir de
las causas que producen los problemas, en un salto hacia lo desconocido.
Existen otros caminos para superar los problemas actuales de
la agricultura, que implican dar un giro de noventa grados en las técnicas
actuales para ir introduciéndose en la agricultura ecológica. En ella se
procura emplear variedades tradicionalmente adaptadas a la región, aunque no
respondan a los criterios superficiales de calidad hoy tan en boga. Se intentan
recuperar determeniadas variedades, gracias también a la buena disposición del
consumidor en aceptarlas. La resistencia de las especies vegetales se puede
conseguir con una buena alimentación de la tierra (abonado orgánico
correctamente preparado), con rotaciones de cultivos y fomentando las
asociaciones entre diversas plantas. Todo ello evita la degeneración de las
variedades que un agricultor reproduce año tras año, por lo que -por ejemplo en
el caso del cultivo de la patata- no existe la necesidad imperiosa de sustituir
sus semillas por nuevas variedades uniformes traídas de lejanas regiones o
fruto de sofisticados métodos.
Al hablar de agricultura ecológica (con sus diversos métodos
específicos como el biológico, el biodinámico, etc.) no estamos tratando con
una agricultura esotérica o sectarista, pues, aparte del empuje que empieza a
tener en Europa y en nuestro propio país, la Comunidad Económica Europea por
ejemplo ha preferido prestarle atención y está promulgando programas para su
protección. Existen además numerosos campesinos en Europa, que sin transformar
sus tierras completamente a dicha agricultura, están adoptando técnicas y
métodos provenientes de la misma y más acordes con lo que hoy sabemos de la
naturaleza y su equilibrio.
Desde un contexto global europeo, en donde se intenta
reducir los excedentes de la producción agrícola y fomentar el producto de
origen local y de calidad, en contra del fetichismo de la cantidad que hasta
ahora ha regido, la agricultura ecológica se convierte hoy en la vía de futuro
preferible. Dentro de algunos años, la medicina preventiva exigirá a la
sociedad alimentos sanos y en posesión óptima de sus cualidades vivificantes.
Nuestro país perderá pues el tren del verdadero progreso si no se presta
atención a estas técnicas sencillas, descentralizantes y armónicas para con los
ritmos naturales que además permiten al agricultor reencontrar su independencia
perdida.





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